Sonreí con calma.
—Exactamente.
Tomás se puso rojo.
—¡Pero soy tu hijo!
Lo miré directo a los ojos.
—Y por eso tienen descuento familiar.
Algunos de los parientes comenzaron a murmurar.
Un primo susurró:
—Con ese precio… mejor alquilamos un hotel.
En menos de cinco minutos, la emoción de las vacaciones desapareció.
Las maletas volvieron a los autos.
Los niños dejaron de correr.
Tomás se acercó por última vez.
—No puedo creer que nos hagas esto.