—¿Cómo que qué hago aquí? Es tu boda. Soy tu padre.
Andrés miró alrededor y me tomó del brazo, llevándome a un rincón apartado.
—Papá… yo no te invité.
Sentí como si el tiempo se detuviera.
—¿Cómo que no me invitaste? —dije, con la voz quebrándose—. Soy tu padre.
—Lo sé… pero Valeria y yo decidimos que esta boda es solo para la familia… y tú ya no eres parte de la nuestra.
Sus palabras fueron como un golpe directo al pecho.
—¿Qué significa eso?
—Significa que su familia no quiere que estés aquí. Ellos están pagando todo… y tú no encajas.
“No encajas.”
Esa frase se quedó resonando en mi cabeza.
Una despedida inesperada
Lo miré fijamente. Vi al niño que crié solo, al adolescente que abrazé con orgullo, al joven que un día me llamó “el mejor padre del mundo”.
Pero ese hombre ya no estaba frente a mí.
—Está bien, hijo —respondí con calma—. Es tu decisión.
Andrés pareció sorprendido.