El salón estaba decorado con flores blancas y detalles dorados que reflejaban la luz de elegantes lámparas colgantes. Todo parecía sacado de una revista: mesas impecables, copas brillando y más de doscientas personas esperando el inicio de la ceremonia.
Desde el estacionamiento, el lugar lucía perfecto. Lujoso. Intocable.
Me bajé de mi camioneta acomodando mi traje gris oscuro, el que mandé a hacer especialmente para ese día. En la mano llevaba un sobre blanco con un cheque y una tarjeta. Era mi regalo para Andrés, mi único hijo.
Caminé hacia la entrada con una mezcla de orgullo y emoción. Era su boda. Mi hijo se casaba. Nada podía salir mal… o eso creía.
El momento que lo cambió todo
Antes de llegar a la mesa de registro, vi a Andrés salir del salón. Impecable, sonriente… hasta que me vio.
Su expresión cambió en un segundo.
—Papá… ¿qué haces aquí? —preguntó en voz baja, nervioso.
Sonreí, confundido.