Y ya estaba organizando una invasión familiar.
Dos horas después, una caravana de autos se detuvo frente a la casa.
Bajaron primos, tíos, niños, suegros… todos cargando maletas.
Treinta personas.
Mi hijo se acercó con una gran sonrisa.
—¡Papá! Sabía que no te molestaría. La familia de mi esposa estaba loca por conocer la playa.
Detrás de él, su suegra ya estaba mirando la terraza.
—Qué casa tan linda —dijo—. Perfecta para quedarnos todo el mes.
Tomás me miró.
—Bueno, papá… ¿dónde están los cuartos?
Yo seguía sonriendo.
Saqué algo de mi bolsillo.