—Entonces… ¿te vas?
Lo miré a los ojos.
—Sí.
Salí por la puerta sin mirar atrás.
Pero no fui a un hotel.
No fui a la casa de una amiga.
Fui a mi verdadera casa.
Un pequeño apartamento que había comprado años atrás como inversión.
A la mañana siguiente llamé a mi abogado.
En menos de una semana:
Cancelé el acceso a mis cuentas.
Vendí el auto que él conducía.
Puse la casa a la venta, porque legalmente estaba a mi nombre.
Cuando Andrés se enteró, me llamó furioso.
—¡Mamá, no puedes hacernos esto!
Respiré profundo.
—No, hijo —respondí con tranquilidad—.
Ustedes me enseñaron cómo funciona vivir pagando renta.
Colgué.