—Si vas a seguir viviendo aquí… tendrás que pagar renta. Y si no puedes… —se encogió de hombros— lárgate.
El silencio en la mesa fue absoluto.
Sentí todas las miradas clavadas en mí.
Antes de que pudiera decir algo, mi nuera soltó una risa burlona.
—Sí… —dijo— a ver cómo sobrevives sin nosotros.
Mi corazón se rompió en mil pedazos.
Yo había comprado esa casa.
Yo había pagado el coche que Andrés manejaba.
Yo había cubierto sus deudas cuando perdió su trabajo.
Y ahora… me estaban echando de mi propia casa.
No grité.
No lloré.
Simplemente dejé la cuchara sobre la mesa.
—Tienen razón —dije con calma—. No quiero causarles molestias.
Subí a mi habitación mientras escuchaba murmullos abajo.
Hice mi maleta con lo esencial.
Cuando bajé, nadie hablaba. Todos me miraban.
Andrés cruzó los brazos.