Yo solo le hice una pregunta, la única que importa cuando te arrancan el piso:
“¿Cuánto tiempo?”
Tardó en responder. Lloró, se le hincharon los ojos, como siempre que lloraba.
Y lo dijo:
“Dos años.”
Dos años.
Dos años de risas, de planes, de consejos, de abrazos, de confidencias… usando mi propia vida como escenario para traicionarme.
Cortar lo que ya estaba podrido
Le dije que se fuera. Que no quería verla nunca más. Que para mí estaba muerta.
Valeria se fue corriendo, como alguien que no esperaba encontrarse con la verdad de frente.
Me di vuelta hacia Martín.
Él lloraba. Pero yo no vi arrepentimiento real. Vi miedo. Vi vergüenza por haber sido descubierto.
Esa noche empacó mi vida en una maleta: ropa, documentos, mi computadora, fotos de mi familia. Dejé lo que me había regalado. No quería llevarme nada que oliera a mentira.
Me subí al auto y recién ahí colapsé.
Lloré hasta quedarme vacía.
El divorcio y la recuperación de mi nombre
Los días siguientes fueron una neblina. Hotel. Trabajo con excusas. Llamadas que no atendí. Mensajes que borré.