El minuto más largo de mi vida
El teléfono vibró otra vez. Martín lo tomó, leyó el mensaje… y se puso pálido. Sus manos temblaron como si acabara de leer su sentencia.
La respuesta decía:
“Voy para allá. Llego en 10 minutos.”
Martín me miró. Yo lo miré a él.
Esa fue la primera vez que no hizo falta hablar para entenderlo todo: ya sabía que lo había descubierto.
Quiso “explicar”. Quiso “arreglar”. Quiso pronunciar las frases típicas.
Pero el timbre sonó.
Y sonó demasiado pronto.
La puerta se abre y el mundo cambia
Caminé hacia la entrada como si no fuera yo. Como si mis piernas tuvieran voluntad propia.
Martín pidió que no abriera.
Abrí.
Valeria estaba ahí, impecable, con su vestido rojo y una sonrisa segura que se congeló en el segundo en que me vio. Su cara perdió color.
“Caro… ¿qué haces acá?”
La miré sin parpadear.
“Vivo acá. ¿Te acordás? Esta es mi casa. Con mi esposo.”
Detrás de mí, Martín apareció en el pasillo, destruido, sin escapatoria.
Valeria retrocedió.
Quiso hablar. Quiso “explicar”.