Entonces actué. Fingí torpeza, choqué la pierna con la mesa, caí hacia don Esteban y, en el caos de servilletas y movimientos, cambié mi copa con la suya.
Un movimiento rápido, limpio, aprendido en años donde la gente sonríe mientras prepara puñales.
Valeria miraba fijamente la copa frente a su padre… creyendo que era la mía.
Yo levanté mi cristal y dije:
—Brindemos por la familia… y porque cada quien reciba exactamente lo que se merece esta noche.
Veinte minutos después… el infierno se abre
Don Esteban bebió todo de un trago. Se burló. Se sintió ganador.
Pasaron diez minutos. Luego veinte.
Y de pronto… se agarró la garganta. Su cara se puso morada. Empezó a salir espuma blanca. Convulsionó y cayó al suelo.
El restaurante explotó en gritos, celulares grabando, caos total.
Valeria no parecía una hija desesperada. Parecía una mujer calculando.
Y entonces intentó lo impensable: impedir que llamaran a una ambulancia.
—¡No llame a nadie! ¡Es epilepsia! ¡Le pasa siempre!
Mentira. Don Esteban era fuerte, jamás tuvo eso.