Llamé al banco. Me confirmaron que las transferencias se habían hecho desde mi banca en línea hacia una cuenta a nombre de Diego.
Colgué sin decir palabra y pasé horas mirando una pared, intentando entender cómo mi propio hijo podía hacerme algo así.
“Vendí la casa. Tienes 30 días”
Al día siguiente volvió a llamar. Estaba eufórico.
—Mañana es la boda. Será en un club campestre precioso. Ah, y vendí la casa. Tengo poder notarial por unos documentos que firmaste el año pasado. El cierre fue ayer. Tienes 30 días para mudarte.
En ese momento yo creí que hablaba de mi hogar, de la casa donde vivía. Sentí que el mundo se inclinaba bajo mis pies.
Pero entonces, algo distinto apareció dentro de mí. No
rabia. Claridad.
Y volví a reír.
Lo que él no sabía
Diego no había vendido mi casa principal.