Lo miré sin entender.
—¿Qué dices…?
Suspiró, incómodo.
—Mamá no quiere problemas hoy.
Y… bueno… tú sabes cómo son las cosas ahora.
No hagas esto más difícil.
Su novia estaba detrás, mirándome como si yo fuera un extraño.
Los invitados empezaban a observar.
No quise hacer escándalo.
Respiré hondo.
Sonreí.
Y le dije con calma:
—Está bien, hijo…
pero antes de que entre…
mira tu teléfono.
Frunció el ceño.
—¿Qué?
—Solo míralo.
Me di la vuelta y caminé hacia la salida.
No corrí.
No grité.
No lloré.
Solo me fui.