Los niños me miraban con ojos grandes.
Respiré hondo y dije algo que nunca pensé decir:
—Si algún día sientes que no soy bienvenido… entonces quizás es momento de que busques tu propio hogar.
La cuchara de mi nuera chocó contra el plato.
Mi hijo se quedó inmóvil.
Por primera vez en muchos años, entendió algo que nunca había visto antes:
Que el hombre que tenía enfrente no era solo su padre.
Era también el dueño de su propia dignidad.