Una semana después, Víctor ya tenía estrategia, abogado caro y ritmo de guerra.
Yo terminé en la habitación de invitados.
Y a las dos semanas apareció Brenda, la nueva novia: joven, perfecta, entrando a mi casa como si fuera suya.
Se puso mi delantal, usó mis platos, se sentó en mi sofá.
Y Víctor la paseaba por la casa como trofeo.
Luego vinieron los golpes prácticos:
Canceló mi tarjeta.
Canceló la conjunta.
Sugirió que yo debía irme “mientras se aclaraban las cosas”.
Lorena empacó mis cosas en bolsas de basura.
En medio de todo eso, mi “mejor amiga”, Diana, me consolaba… y a la vez le filtraba información a Víctor.
Yo hablaba con ella, y horas después él ya sabía todo.
Y lo peor no fue Brenda, ni Lorena, ni Diana…
Lo peor fue ver cómo Tomás empezaba a dudar de mí, porque su padre le metía veneno cada día.
El secreto que yo guardaba desde hace 3 años
Todos creían que yo estaba rota.
Pero nadie sabía lo que yo sabía.
Tres años antes, revisando los libros de la empresa, encontré transferencias raras. Tiré del hilo… y lo que salió me dejó helada:
La casa no estaba pagada: tenía tres hipotecas.
La empresa estaba ahogada: créditos al límite, impuestos atrasados, deudas con proveedores.