Marcos se puso detrás de mí, me lo abrochó en el cuello y murmuró:
—“Prométeme que nunca te lo vas a quitar. Úsalo todos los días.”
Me pareció raro, pero lo interpreté como una petición romántica. Le dije que sí.
No sabía que esa promesa casi me costaría la vida.
Los síntomas que nadie podía explicar
Al principio fueron náuseas leves. Después, se volvieron insoportables.
Me despertaba con el estómago revuelto, corría al baño, perdía peso porque casi no podía comer en la mañana.
Más tarde llegaron otras cosas:
dolores de cabeza constantes
cansancio extremo aunque durmiera
piel pálida, casi gris
ojeras profundas
uñas quebradizas
caída de cabello
Y lo peor: todos los estudios salían normales.